FABULÓSICO

 

Ignoro si todas las tardes o de vez en cuando, pero era una fiesta.

Desde que aparecía con su pantalón cortito y el flequillo, su marca registrada, ya sonreíamos expectantes.
Ni que decir cuando hacía “sumbudrule” poniéndole mano de araña por atrás al desprevenido, cuando se hacía el inteligente diciendo “riñones”, mientras se señalaba la cabeza o preguntaba “¿que gusto tiene la sal?”
Carlitos Balá, el inventor de juegos, frases y palabras que quedaron para siempre en el decir popular: “Quédese tranquilo y duerma sin frazada”, “Mirá como tiemblo”, “Más rápido que un bombero”, “Lactántricos”
Neologismos, inventos y gags rápidos, uno tras otro, con los que moríamos de risa y placer. Que ya tienen el honor de ser “anónimos”.
Cumplió 95 años y se mantiene ocupado manejando su facebook, desde donde responde personalmente a varias generaciones de fans, con el respeto de quien habla a una criatura, aún sabiendo que su interlocutor puede ser un cincuentón.
Fue un creador de humor ingenuo, en años en que se trataba de otro modo a la niñez.
No se la vulneraba con marcas para “pertenecer”, ni con sexualización ni adultización precoz. Tampoco se la exhibía con publicidades encubiertas, salvo que fueran las Trillizas de Oro.
No se consideraba a los chicos objetos ni sujetos de consumo voraz. Aún no.
Hace unos años vino a Salta, secundando a Piñón Fijo.
Con mi amiga decidimos llevar a nuestros hijos.
A nosotras mismas nos sonó a pretexto. Y lo era, pero ni nos inmutamos. Andar por la vida juntas, compartiendo tanto desde los quince años tiene – entre otras ventajas- esos pactos silenciosos.
Su hija adolescente sentía curiosidad, el mío de cinco años, no conocía al payaso, mucho menos a Balá.
Y allá fuimos, con la compostura de señoras de cuarenta y tantos pero con todo el entusiasmo.
Conseguimos entradas en primera fila, queríamos tenerlo bien cerca y comprobar si era el mismo o se había convertido en un viejito enclenque.
El show fue bueno…pero claro, cuando apareció Carlitos Balá, ágil, vestido de blanco, con tiradores y flequillo ya plateado, el estadio Delmi se desplomó en un alarido gozoso de gente de las más diversas edades que había ido, como nosotras, con el pretexto de llevar a los chicos. Todos gritando, poseídos por el demonio del entusiasmo más primario.
Éramos el público de un recital de rock, sin rock star pero con un viejito que saludaba con las manos en alto.
Con mi amiga reímos y aplaudimos a rabiar, cantamos todas las letras de memoria, gritamos todas las respuestas y hacia el final encaramadas en la ola del entusiasmo, terminamos llorando mares de infancia.
Fue un dulce esfuerzo eso de articular las carcajadas con las lágrimas, flotando en un océano de imágenes de la niñez ida, que se esconde y vuelve a aparecer en el chisporroteo de una canción o un chiste re contra sabido.
El más chiquito del cuarteto miraba absorto con su chupetín en la mano. La jovencita nos miraba de reojo y también lagrimeaba, imagino que de ternura y compasión.
Habrá visto a esas dos mujeres grandes, ridículamente transformadas en nenas de zoquete y guillermina, recorriendo íntimamente sus infancias por un ratito, atacadas de risa y lágrimas, esperando que apareciera Angueto.
Gloriosa ingenuidad de la infancia donde aún, todo era posible.

(Patricia Patocco, agosto de 2020)