CONSUMO VINTAGE

Sanna Marin, 34 años, es la primera ministra de Finlandia.

La social demócrata ha sido noticia en diciembre de 2019 al ser elegida para el cargo por varias novedades: es la persona más joven en detentar un puesto semejante y conformó un gabinete de coalición con los cinco partidos políticos del país, cuyas líderes son todas mujeres menores que ella.

En lo personal, fue la niña más pobre de la clase, abandonada por un padre alcohólico y criada por la madre y su pareja homosexual. En Finlandia la educación es gratuita, pero como necesitaba asegurar sus estudios, trabajó desde los quince años repartiendo diarios, de cajera y otros puestos similares.

Las condiciones de vida moldearon sus estudios y sus lineamientos políticos “Para mí, todas las personas siempre han sido iguales. No es una cuestión de opinión, es la base de todo”- afirma poniendo sobre la mesa el tema de las familias “arco iris”.

Entre sus posturas, la ecología es otra de sus prioridades. En agosto pasado volvió a ser noticia por haber usado en su boda, un vestido ya estrenado dos años atrás en un acto político.

El “consumo ético” que promueve es raro para el mundo desarrollado, para países ricos, para la realeza, entre políticos…pero decidió que era lo adecuado a estos tiempos de austeridad y así lo hizo.

Ese tipo de consumo es un tema que viene ocupando a ecologistas y a quienes simplemente promueven responsabilidad con el planeta, sin grandes resultados hasta ahora, en que la pandemia ha puesto todo patas para arriba y ha obligado a examinar profundamente la vida cotidiana de cada ser, aún en los países más ricos o igualitarios.

Entre nosotros, la enfermedad ha mostrado con lupa la llaga de las profundas desigualdades en las que vivimos: el acceso a la salud, a la educación, a la vida cotidiana.

Y ha cambiado notablemente el consumo de la inmensa mayoría de los ciudadanos de a pie. Claro que cada uno dentro de su realidad: no es lo mismo la vida de un político que la de un trabajador común; ni la de alguien que tiene un sueldo del estado, que la de un trabajador independiente; no es lo mismo la de alguien que ya estaba en la línea de pobreza o la de un wichí…en fin, nuestro crisol social no es el de Finlandia, ya sabemos.

 

Mucho de lo que se consumía ha pasado a ser secundario. Salvo, para los amantes del “consumo conspicuo”, ese con el que se buscaba status y aparentar algo más de lo que se era. Ostentaciones tan faltas de prestigio ya.

Los que pueden consumen alimentos, medicamentos y vivienda primero. Todo los demás se atropella en el recuerdo o el deseo: ropa, calzado, viajes, turismo, renovación de electrodomésticos, muebles, libros, autos, peluquería, salidas, comer en restaurantes, casi todo ha pasado a ser consumo superficial.

Se compra lo indispensable, el resto se recorta. Se recurre el trueque, se presta, se compra por internet. Se arregla, se parcha, no se compra, todo se reemplaza con la conciencia de que nada es más importante que la vida y la salud, agravado por la creciente pobreza general.

Se redescubrieron los pañales de tela, se reutilizan las bolsas plásticas al infinito, se hace vintage con latitas de arvejas, se borda, se cose, se teje, se reutiliza, se hace la mini huerta, se cocina en casa…

Cada cual tiene su Aleph y sabe qué gustos ha postergado, qué necesidades han dejado de ser tales.

 

En cada mundo individual se hace un giro necesario, una adaptación constante a la novedad de cada día.

Lo que los más jóvenes no saben – entre ellos la primera ministra – es que hubo un tiempo no tan lejano en que el consumo aquí era simple: leche, yogur, vino, soda sólo en botellas de vidrio recargables, bolsas de papel madera, mermeladas caseras, frutas y verduras de estación, azúcar y harina suelta en papel gris sulfito, ese de envolver que se guardaba cuidadosamente en cada casa para escurrir frituras, carne envuelta también en papel…

La ministra del país nórdico, tampoco podría imaginar la cara de fascinación de mi madre aquella vez, la primera que volvió de la carnicería con la novedad de una bolsita de “polietileno” (así les decían a las de plástico por los años setenta).

Dejó la carne molida en un recipiente, salió a la pileta del patio, la lavó con delicadeza y la colgó primorosamente con broches de ropa. Sus ojos se quedaron largamente perdidos en esa transparencia que volaba con la brisa.

Nunca se le hubiera ocurrido que había que tirarla.

Eran tiempos de “consumos éticos” sin nombres ni discursos. Por carencias, pero también porque no existía la mentalidad de lo descartable. El úselo y tírelo y la impunidad de la sociedad de consumo que ahora ahoga al planeta, lleno de plástico y chatarra no había aparecido.

La vida se percudía, sí…, como todo… pero se la refregaba con virulana, jabón blanco, un poquito de brillo y ya servía nuevamente. Tenemos que re pensar esos tiempos.

 

(Patricia Patocco, 21 de septiembre de 2020)