La escalera está en el mismo lugar pero el escenario es distinto.
Me doy cuenta de que esto es una burbuja en el tiempo, lo evidente que la escalera sigue ahí. Así que subo los peldaños con la loca ilusión de encontrar a esa mujer que vivia en el primer piso: Chela era su nombre?…
Ayer nomás esto era un sindicato y en el piso de arriba, la casa taller de la modista.
Hoy es un poli consultorio. Impecable, paredes de color arena como los pisos, con números en las puertas, así… con la asepsia de un sitio impersonal. Música leve, de la que podríamos escuchar en un gran centro de compras, en un aeropuerto, de la que ayuda a estar en el sopor de los no lugares.
“Pasen pasen” decía la petisa desde la máquina de coser con su voz engrosada por el pucho y el centímetro colgando del cuello.
Mientras hablaba con mi madre sus brazos eran una sinfonía de movimientos, dibujaba sobre las telas, cortaba, ponía alfileres, enhebraba una aguja y organizaba su proyecto de vestido con la misma rapidez con que pedaleaba la Singer.
Me hipnotizaba el despliegue de esos brazos fuertes sobre los moldes de papel en la mesa y las tizas chatas con que dibujaba las telas. Agujas, hilos y cenicero eran la escenografía de sus días. Había un maniquí y también un marido pero jamás lo vimos, en ese único gran ambiente desde donde se divisaba un biombo y atrás una cama bien tendida con cubrecama bordó, almohadones y una mínima cocina.
A veces salíamos con un paquete en las manos, otras tenía que retocar la prenda y nos íbamos sin nada, envueltas en ese olor a cigarro pesado que nos perseguía varias cuadras.
Esperábamos. Volvíamos otro día. No pasaba nada.
En mi infancia había costureras por todos lados, ejerciendo el trabajoso oficio de dar vida a las telas a la medida de cada quién, creando o reformando, adaptándolas a la curva o hendidura de los cuerpos.
Luego cambiaron las costumbres, la economía y se empezó a comprar en las tiendas, cada vez más y más, para todas las edades, de diversas calidades, prendas y tejidos ya confeccionados.
Y las modistas fueron quedando relegadas.
Nos acostumbramos a las medidas estándares, a no entrar en un talle, a que la prenda quede bailando, a que las mangas sean cortas o los ruedos largos, a adaptar nuestras humanidades a las telas, una locura…
Nos empezó a parecer natural tratar de entrar en medidas que no nos correspondían.
Y qué decir de la ropa yankee o china de las ferias de pulgas, inmensa o breve por demás.
Las madres jóvenes de hoy vienen notando algo curioso, además.
Las prendas que compran a sus hijas son diferentes a las de los hijos: en iguales talles las remeras por ejemplo, para varones, son más grandes y holgadas; las de las chicas, entalladas, más cortitas.
En los trajes de baño es muy evidente también; para los varones el short es básicamente igual, más largo o más corto, pero pantalón al fin; para las nenas hay gran variedad de estampas y colores pero…las mallas enterizas son “cavadas”, las bikinis muy pequeñas, las entrepiernas de bombachas angostas, los bodys diminutos, con tiras, hebillas, adornos y con poca tela, muy poca tela.
La consigna de la época es mostrar los cuerpos desde muy pequeñas, como si se adaptaran las prendas de las adultas a las nenas, sin pasar por el filtro de la niñez.
Pero lo real es que en la infancia todos necesitan la misma comodidad para jugar .
No prendas erotizadas por el imaginario adulto. No necesitan ser sexies, ni mostrar la panza y mucho menos las partes íntimas.
Sigue la creciente sexualización de los cuerpos infantiles y no es gratuita. Puede traer la guadaña de la violencia mucho más rápida e inesperadamente.
En el scroleo continuo de los días a veces no hay tiempo, si, es verdad que todo parece haberse acelerado… pero el tiempo de la infancia es muy breve y muy valioso.
Hay alquimistas de los hilos y las telas por aquí y allá. Andan con un centímetro al cuello y son capaces de cantar la justa de tu real dimensión y por una módica “espera” – ese detalle tan devaluado que también hace falta re aprender – entregan la ropa a medida.
Están las de renombre pero también están las del barrio, las mismas que hacen la ropa para las comparsas en carnaval, las que reforman, arreglan e inventan aún trajes de baño.
Puede ser una gran opción en está época rescatar a las modistas que subsisten en sus oficios y saberes en plena globalización.
Capaz que a cambio obtenemos ropa gozosa y cómoda, acorde a cada cuerpo; quizás también destellos de eso tan exquisito que es la individualidad y blindamos – de paso – la ternura del pudor y del cuidado de los frágiles cuerpos de la infancia.
(Patricia Patocco, octubre de 2026)
