LOS SALVAJES

 

“…Túpac fue sometido a suplicio, junto con su esposa, sus hijos y sus principales partidarios, en la plaza del Wacaypata, en el Cuzco. Le cortaron la lengua. Ataron sus brazos y sus piernas a cuatro caballos, para descuartizarlo, pero el cuerpo no se partió. Lo decapitaron al pie de la horca. Enviaron la cabeza a Tinta. Uno de sus brazos fue a Tungasuca y el otro a Carabaya. Mandaron una pierna a Santa Rosa y la otra a Livitaca. Le quemaron el torso y arrojaron las cenizas al río Watanay. Se recomendó que fuera extinguida toda su descendencia, hasta el cuarto grado…”

(Fragmento de “Las Venas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano)

 

De mis recuerdos escolares, nada era tan aterrador como tratar de imaginar la muerte de Túpac Amaru II.

Una pensaba que era por la maldad de los españoles, esos hombres brutos del 1780 o porque los indios incivilizados se defendían con saña de semejantes atropellos.

Tan lejos de la infancia el concepto de tortura y muerte.

Ahora, cuando el femicidio de Agostina Vega, apenas saliendo de la infancia golpea salvajemente a la sociedad con los detalles macabros de su muerte, vuelve esa ferocidad, como si no hubieran pasado los siglos…

Pero antes de conocer el horror del calvario de esa niña, fue el de enterarnos de la espantosa cadena de omisiones; de la inacción policial, del entramado de la política que sostuvo al femicida; del sistema judicial corrupto que permitió su salida de la carcel. De los padres, él ausente, ella ausente en su pretendido rol de amiga; de la insistencia en hacerlo figurar como homicidio cuando el femicidio es una figura penal; del rostro del fiscal sonriente lanzando loas al perro, en un desvarío fuera de contexto; de mujeres y hombres desde las redes sociales atacando al feminismo y a las pañuelos verdes…confundiéndolo todo, pidiéndole que hagan algo más además de organizarse y reclamar en medio del horror; del narcotráfico en cada dato; del gobierno nacional- como en otras áreas sensibles, desmantelando el aparato estatal destinado a corregir las violencias, a proteger a las víctimas.

Luego, la saña que la autopsia advierte en los restos de la niña muerta.

Me pregunto en qué clase de sociedad vivimos, en la que no basta con asesinar sino que hay que destruír los cuerpos como si fueran objetos descartables, hojas de papel cortadas en mil pedacitos. ¿Por qué?

Porque pudo, porque podía.

Porque el machismo se trata del territorio del poder y de demostrar cuánto se puede sobre los otros. Recordemos que ella no fue la única muerta, despedazada y descartada, son muchas ya.

¿Acaso es un loop de los años sangrientos de la conquista?

O peor quizás, porque han pasado casi 300 años de la muerte del Inca y hemos andado siglos de esta supuesta civilización que hace agua por todos lados.

No el agua que viene del cielo, como se cuenta que cayó en el momento en que iban a asesinar al Inca.

Ésta es un agua negra, servida, llena de las inmundicias de todos los que tienen en sus manos la posibilidad de cambiar esta salvaje realidad, y no lo hacen.

De los molestos/as con los feminismos más que con las violencias. Feminismos que han aparecido buscando equidad, para liberarnos a hombres, mujeres y diversidades de los viejos esquemas de relación y poder.

De los que hablan solo porque tienen boca, sin empatía ni sentido crítico.

Y de los que entendiendo cómo es el tema se engusanan en el entramado más oscuro del poder y dejan pasar los tres mil doscientos y tantos nombres con historias de niñas y mujeres que desde hace once años se suceden en el infierno de la violencia de género.

 

(Patricia Patocco, junio de 2026)